viernes, 9 de septiembre de 2011

Hoy salí a correr con el plan de reinserción deportiva. Treinta minutos alternando trotar y andar, en intervalos de 1 minuto. Fueron 30 minutos para poco más de 3 kilómetros y medio. El lunes y el miércoles habían sido 20 minutos: 2 kilómetros y poco el lunes; algo más de 2 y medio el miércoles. Eso sí, a ritmo suave y por la hierba.

Hoy me persiguió un perro. El dueño lo llamó y lo estuvo acariciando y calmando mientras le explicaba que todo estaba bien y que no tenía porque perseguir gorditos trotando en pantalón corto. Eso estaría genial si el perro entendiera lo que le decían. Pero el perro entendió: «Persigo a un gordito corriendo en pantalón corto y mi amo me da caricias y cariños. Cuando lo vuelva a ver... ¡lo perseguiré más para que me den más caricias!» Así fue. Otra vuelta y el perro se vino detrás de mí hasta mucho más lejos. Cuando el gato que hay en mí se hartó de tanta tontería, paré de correr, me di la vuelta y le dije con voz enérgica (era un perro de tamaño más bien recortadito): «¡Pasa para allá!», al tiempo que con el brazo extendido señalaba hacia su dueño. Lo volví a repetir, me di la vuelta y seguí corriendo. El perro se calló y volvió por donde había venido. No volvió a molestarme.


Tras el entreno, estiramientos, que fueron la causa de mi desdicha (mas bien la ausencia de ellos). Como no me llegaba con ser cortito de entendederas, ahora resulta que también soy cortito de isquiotibiales por no estirar bien. Pues ale, a estiiiraaaaaar isquios, cuádriceps, vasto interno, gemelos, sóleo y cintilla iliotibial. 

Esta tarde tengo que llamar a mi fisio para contarle cómo me va. A ver qué me dice. La última sesión moló más que las anteriores porque no me pinchó y me puso kinesiotapping sobre la fascia lata con cinta de un azul brillante muy chulo. Ahora ya entiendo eso de ir al fisio y salir «como nuevo». A ver si por fin se queda atrás la lesión.

También tengo que llamar a un buen amigo para ver si ya le ha cicatrizado la lesión en el alma. No todas las lesiones de los corredores son en las piernas. Un abrazo, meu ;-)

jueves, 4 de agosto de 2011

LA PUNCIÓN SECA, LAS CONTRACCIONES Y EL YESVERIGÜEL


Seguimos a vueltas con la rodilla. Ayer hubo una nueva sesión de punción seca. Durante la sesión llego a diferenciar varios tipos de sensaciones:

ZONA DE CONTRACCIONES ESTÁNDAR: Cuando la aguja va provocando una contracción cada dos o tres segundos, mientras mi fisio Pablo, va contando y asintiendo con la cabeza. Al llegar a 7-8, deja de trabajar en la zona. Hay contracciones medias, fuertes e insatisfechas. La contracción insatisfecha se produce cuando el fisio la percibe pero tú no (o casi no la notas). Se puede hacer un paralelismo sexual que no es necesario explicar. 

ZONA DE «ESTAMOS CERCA»: Cuando parece que van a venir las contracciones pero no dan llegado, salvo un par de ellas de intensidad media. Es como tener ganas de mear y no echar gota. Al cambiar un poco el ángulo de la aguja se produce una contracción más fuerte, por lo que el fisio decide cambiar el punto de entrada y atacar desde otro punto próximo.

ZONA DE «AHÍ NO HAY NADA»: Cuando la aguja no provoca contracciones. Quizá una o dos contracciones muy leves.

ZONA DE «¡COÑO, PINCHA!»: Cuando sientes el pinchazo de la aguja abriéndose paso por tus carnes. Recuerda como cuando te quitas, con una aguja de coser, una astilla clavada en un dedo y tienes que profundizar porque no ha salido del todo, pero en lo más profundo del músculo. Las contracciones pueden ser cualquiera de las variedades, y casi las agradeces cuando llegan.

EL «NIDO» LEVE: Cuando la aguja alcanza un punto en que las contracciones se suceden sin descanso y sin tiempo a recuperarte. No es especialmente doloroso pero sí muy incómodo porque no te puedes relajar entre contracciones.

EL «NIDO» INTENSO: Igual que el anterior pero las contracciones son más fuertes. Te deja «baldado» y con el músculo dolorido.

ZONA DE DOLOR INTENSO O «GOM JABBAR»: Cuando notas un dolor especialmente fuerte antes, durante o después de alcanzar la zona de contracciones. Es como la prueba del Gom Jabbar, sólo que en vez de que lo hagan las Bene Gesserit, lo hace un fisio. A veces es difícil reprimir una lagrimilla.


Tras las punciones y los estiramientos, llegó una sesión de ultrasonidos. No notaba nada, salvo en un punto próximo a la rodilla, donde podía sentir como vibraba el músculo. En el kinesiotapping hubo cambio de color. Esta vez tocó esparadrapo rosa chicle. No es un color muy viril pero creo que podré soportarlo. Por último, unos ejercicios para reeducar la pierna. La rodilla ya no duele ni «engancha» pero el cuádriceps estaba dolorido como si tuviera agujetas.

Pregunté si puedo salir a correr y va a ser que no. Puedo hacer bici y nadar pero no debo repetir el ejercicio que me provocó el problema hasta que esté curado. Cuando ya no sienta dolor, podré combinar andar con correr, empezando con trotes suaves. Yo pensaba calzar las zapas en las vacaciones pero se van a quedar en casita, cogiendo polvo.

viernes, 29 de julio de 2011

MÁS PUNCIÓN SECA Y KINESIOTAPPING

Suena el despertador. Me quedo inmóvil en la cama, pendiente de lo que me vaya a decir la pierna. En reposo, el cuádriceps está callado, parece que todavía duerme. Enciendo la luz de la lamparita y me siento en la cama. El cuádriceps parece que está despertando. Me calzo las zapatillas y, con una mano apoyada sobre la cama, me levanto con cuidado. Mis nuevos amiguitos, el vasto interno, el vasto externo y el recto anterior se espabilan e insisten en que les preste atención. Ufff. No duele tanto como ayer pero le llega bien.

Media hora más tarde, estoy en la calle, dispuesto a enfrentarme una vez más a un delicioso día de trabajo (Es un sarcasmo. Me siento como si yo fuera House y me dirigiera a trabajar a Azkaban).

Llego a la prueba de fuego. Frente a mí se yerguen, imponentes, tres grupos de escaleras. Respiro hondo y, acongojado, comienzo a subir el primer escalón. Son 8 pasos... ¡Ahí va! ¡La rodilla no restalla! Sigo subiendo. ¡Ostras! Me duele el cuádricep pero ¡la rodilla no! Segundo grupo de escalones. Son 5. Los subo a paso rápido. ¡Sigue sin doler! ¡La rodilla funciona como una bisagra! Tercer grupo de escalones. Son 13 ¡Los subo de dos en dos! Entro en el trabajo con una sonrisa en los labios, mientras tarareo una melodía.

Las punciones funcionaron. No sé si es que me dolía tanto la pierna que no sentía dolor en la rodilla pero, cuando fue desapareciendo ese dolor, la rodilla siguió sin doler y sin crujir. Durante dos días, la cosa fue a mejor. El tercero me sentía completamente recuperado. Pablo me había dicho que el cuarto o quinto día, podía trotar suave un rato, para ver cómo respondía la pierna. Estaba ansioso por probar.  

Querido fisio Pablo. Si por casualidad estás leyendo este blog, te ruego que no sigas. Gracias por tu comprensión.

El tercer día, paseando por el parque de Castrelos, mi hija nos propone a mi hijo y a mí, una carrera para resolver un pequeño conflicto. Los dos aceptamos y echamos a correr. Como veo que me está ganando, aprieto y termino al esprint. La rodilla responde bien, aunque al correr con sandalias por el terreno irregular de hierba, me dio una sensación extraña, como de inestabilidad. Ya fuera del parque, echamos otra carrera. «Hasta la puerta de aquel taller», me propuso. No me pude resistir. Otro sprint, esta vez mejor ¡La rodilla funcionaba perfectamente!

Por la tarde nos fuimos a la playa. Me bañé con los niños, jugamos en el agua y nadé un rato a croll con mi rodilla recién «arreglada». Más tarde, paseíto por la orilla con mi chica. La arena se hundía bajo mis pies pero la rodilla seguía aguantando. Al día siguiente, más playa, más baño, más juegos, más natación y más paseíto por la arena húmeda. Total, la pierna ya estaba bien... Llegó la noche y noté un pequeño clic en la rodilla. «Será un crujido normal», pensé. A la mañana siguiente, el clic fue en aumento y la rodilla comenzó a dolerme. Por la noche, la rodilla seguía empeorando y yo me empezaba a preocupar. El martes me sentía casi como la semana anterior.

Llegó el miércoles y me tocaba visita al fisio, con la pierna rasuradita para el kinesiotapping. Pablo me pregunta qué tal me fue. Le cuento que los primeros días bien pero que después empezó a empeorar. Me mira con cara de extrañeza y me pregunta si salí a correr. «Nooo», le contesté. «Me dolía la rodilla y tuve un poco de miedo». No coló. «¿Hiciste algún esfuerzo con la pierna?», me preguntó. «Coño, que me ha pillao», pensé. «Esfuerzo, esfuerzo, lo que se dice esfuerzo, pssss, creo que no...», le dije. «Pero el fin de semana estuve jugando un ratillo con los niños», añadí. Pablo me miró con una mirada comprensiva y me mandó pasar a la camilla para la sesión. Más punciones (menos que la semana pasada pero igual de «agradables») y vendaje con kinesiotapping.  Yo pensaba: «¿Me pondrá el esparadrapo azul brillante? ¿El rosita chicle? ¿El negro? ¿El verde turquesa?» Pues no, me puso el verde «celador de hospital».

Ahora estoy en casa, con la pierna kinesiotapinada, tras haber disfrutado de un día sin dolor en la rodilla. Delante de mí tengo la agujita usada que le pedí a Pablo para poder ver con atención el instrumento de tortura. Los esparadrapos no me molestan aunque dejan sentir su presencia. Dentro de tres días toca quitarlos. Ya te contaré cómo me fue.

miércoles, 27 de julio de 2011

LA PUNCIÓN SECA Y LA MADRE QUE LA PARIÓ

El día D a la hora H me presenté en la clínica de fisioterapia. Pablo (el fisio que me iba a atender) me estaba esperando y me hizo pasar directamente a una sala donde me estuvo haciendo preguntas para elaborar mi historial. Cuando tuvo claro qué me pasaba y que yo pertenecía al club de los locos que salen a correr, haga sol o llueva a chuzos, me condujo hasta otra sala con una camilla en el centro.
Comenzó a explorarme la pierna: Mueve la pierna para aquí... empuja hacia allá... ¿te duele si hago esto?...empuja al tiempo que estiras...haz una sentadilla mientras te agarro la pierna...ahora una media sentadilla...una salto mortal hacia atrás sin manos mientras te metes el dedo gordo del pie en un agujero de la nariz...bueno, esto último no... pero tampoco me hubiera extrañado mucho si me lo hubiera dicho.

Unos minutos más tarde, tras descartar problemas articulares, de menisco, de tendones y de otros músculos, apuntó con su dedo al presunto responsable de mis males: ¡el cuádriceps!

¡Qué alegría! Me senti aliviado. Ya sé que suena un poco raro lo de la «alegría» y el «alivio» pero, cuando una hora antes pensaba que estaba tocado del menisco o de la articulación de la rodilla, que debía de tener un problema de desgaste o incluso el cartílago roto, que podía tener una lesión grave y que tendría que dejar de correr, y ahora me dicen que el problema está en un músculo, puedes imaginar lo aliviado que me sentí. Además, era en un músculo conocido y siempre da un poco de sensación de familiaridad. ¡El cuádriceps! ¡El famoso cuádriceps de «voy a estirar los cuádriceps»!

Pablo me contó que las contracturas que tenía en el cúadriceps, desplazaban la rótula y me producían los chasquidos y el dolor. Concretamente me habló del vasto externo, del vasto interno y del recto anterior, mis nuevos amiguitos. El tratamiento consistía en eliminar esas contracturas para llevar la rótula a su sitio. Para ello había dos maneras de afrontar el problema:

Tratamiento A: Método conservador. Consiste en trabajar con las manos el músculo afectado hasta dejarlo descontracturado. Hasta la tercera sesión no comenzaría a notar la mejoría.

Tratamiento B: Método Invasivo. Mediante punción seca, se accede a los puntos gatillo y, produciendo contracciones en el músculo, se soluciona el problema. Es más doloroso pero, después de la primera sesión, ya se aprecia mejoría. Me advierte que la pierna queda dolorida un par de días.

No me lo pienso. El rápido, que mola más. No es lo mismo decir «me dieron unos masajes en la pierna» que «me trataron las contracturas mediante la técnica de punción seca sobre los puntos gatillo del vasto externo». Cuando el interlocutor pregunte qué es eso de la punción, o haga algún comentario acerca de la acupuntura, o de que si hay punción seca y punción húmeda, o de qué son los puntos gatillo, habrá caído en la trampa y no le quedará más remedio que oirme soltarle la chapa. Je, je, je, ¡qué maquiavélico soy!

Cuando creía que Pablo diría que me iba a dar cita para volver otro día, me suelta: «Voy a por las agujas». ¡Glups! Un momento después, vuelve con unas agujas estériles parecidas a las de acupuntura (ahora sé que de parecidas no tienen nada, que son muuuuucho más largas), un frasco de alcohol y un boli Bic. Comienza explorando concienzudamente el muslo, marcando con boli los puntos doloridos. Cuando termina con la pierna, me explica que va a clavarme la aguja en los puntos de dolor y que voy a sentir una contracción fuerte del músculo cuando alcance el punto gatillo. ¿Cómo? ¿Que me va a clavar una aguja donde ya me está doliendo? Creo que no va a ser tan buena idea. También me dice que tengo que irle avisando cuando sienta las contracciones. ¡Ostras! ¡Como en el paritorio! ¿Me pondrán también unas correas para monitorizarlas? ¿Cómo era aquello de la sofrología? Había que pensar en un color, ¿no?

Pablo determina con precisión el punto exacto donde me duele (¡¡¡¡justo ahííííííííí!!!), frota con alcohol la zona y se dispone a clavar la aguja en el lado exterior del muslo (perdón, que ahora ya sé como se llama: me realiza una punción en el vasto externo).

El momento de clavar la aguja es casi imperceptible. Me crezco. Esto está chupao. Ahora comienza a clavar y a retirar la aguja, profundizando cada vez un poco más. Ya no está tan chupao. Al cabo de un rato, la pierna se contrae súbitamente. «¡Una!», dije. Un rato más tarde llegó la segunda. Después hubo una tercera, una cuarta y una quinta. ¿¡¡¡Cómo c*ñ* era aquello de la sofrología!!!? La sexta contracción no daba llegado, y Pablo buscó buscó otra marca de boli en la pierna donde seguir con la tortura. Volvió a clavar la aguja y me preguntó: «¿Duele mucho?». ¡Mmmmmmmpff! Toda mi atención estaba centrada en soportar el dolor y tuve que hacer un esfuerzo para hablar sin perder la concentración. «Un poco pero soportable», mentí tratando de mostrarme como un tipo duro, y volví a sumergirme en mi autocontrol mientras trataba de contener una lágrima de dolor.

Tras terminar con el vasto externo, comenzó a trabajar con el recto anterior. Al cabo de un rato de no encontrar el dichoso punto gatillo, me dice: «Tienes mucho cuádriceps». Mi ego creció dos puntos. ¡Qué cachas estoy! Esto lo cuento mañana en el trabajo. «Voy a cambiar la aguja por otra más larga», añadió. Mi ego bajó cinco enteros. Aguja más larga x músculo más grande= más superficie de «enclavamiento» = más dolor. ¡Ups! 4 centímetros de aguja. 40 milímetros de punción. ¡40000 micras de dolor! 

Una eternidad más tarde, Pablo dio por terminadas las punciones. Comenzó entonces el masaje para drenar los desechos derivados de la contracciones musculares. Era mi primer contacto con un masaje dado por un profesional. Según habia oído a correlegas, ahora vendría lo agradable y «quedaría como nuevo». ¿En cuanto sentí aquellas manos presionando sobre mi dolorida pierna me di cuenta de mi error y pensé «¿De verdad que la gente paga porque le hagan esto sin tener que curar una lesión?» Creía que un masaje era placentero pero aquellos dedos se clavaban en puntos de dolor que ni siquiera Chuck Norris conocía. 

Por fin terminó la sesión. Me vestí como pude, doblando la pierna con cuidado para ponerme los pantalones y salí de la consulta con la pata tiesa. No sabía si la rodilla estaba mejor o no, porque me dolía tanto toda la pierna que no era capaz de decir si un punto concreto de ella dolía más que otro. En casa tomé un paracetamol y dormí como un tronco toda la noche.

sábado, 23 de julio de 2011

Dolor y Chasquidos en la Rodilla

Tras mes y medio con dolor en la rodilla izquierda, ya no pude aguantar más. Los escalones eran pirámides y las cuestas montañas. La rodilla emitía chasquidos y me dolía tanto que me hacía cojear. Con el tiempo iba empeorando. Las pocas veces que salía a trotar, me iba doliendo y, aunque parecía que al finalizar me aliviaba un poco, era algo temporal y volvía el dolor. Hace unos días, mi chica me insistió una vez más en que tenía que buscar ayuda profesional. Le tuve que dar la razón (al final siempre la tiene) y hacerle caso.

Recordé cuando, hace años, había ido a mi médico de cabecera con lo que resultó ser el síndrome de la cintilla iliotibial. Tras examinarme me dijo: «Si te duele al correr, cambia de deporte». Sin comentarios. Lo fui curando yo solo con ibuprofeno, frío, estiramientos y combinar trote con andar.

Podría pedir un volante para el traumatólogo pero tampoco me parecía una buena idea tener que esperar varios meses para que me atienda y que me recete antiinflamatorios.

Recurrí entonces a los que podrían ayudarme y que seguro que me entenderían: los amigos de la zapa y el asfalto (y la tierra, que alguno es «machaca» del monte y los trails). Todos los que no estaban de vacaciones se molestaron en ayudarme y darme sus recomendaciones según sus experiencias. Se lo agradecí muchísimo. Me resultó de especial interés la respuesta de Miguel. Me dijo que él iba a una clínica de fisioterapia que quedaba cerca de mi casa, que trabajaban hasta las 10 de la noche y que no eran caros. ¿Qué podía perder? Llamé un lunes a última hora de la tarde, pedí cita para las 8 de la noche y quedamos para el miércoles.

martes, 21 de junio de 2011

LA RODILLA, EL MEMBRILLO Y LA PIERNA DOMINANTE

Como la mayoría de los corredores, tengo una pierna dominante, que en mi caso es la pata derecha. 

Cuando corro, no llevo un ritmo fluido, sino que más bien es una mezcla entre Igor (de «El Jovencito Frankenstein») y Kenenisa Bekele. (¡Qué pasa! ¡Es mi blog, tengo un alarde de prepotencia y me comparo con quien quiero! XD  Ya sé que algunos me habéis visto correr y creéis que lo de compararme con Bekele no se ajusta del todo a la realidad pero...¿a quién vais a creer? ¿A vuestros ojos o a mí?). La primera vez que practiqué los «segundos saltos de triple» me di cuenta de que me costaba un egg hacerlos con la pierna izquierda. Supongo que son ejercicios para ayudar a reducir la lateralidad y que es muy importante hacerlos pero también supongo que no soy el único que se «salta» la técnica de carrera en los planes de entrenamiento. Al terminar los ejercicios de técnica, queda la sensación de como si no se hubiera entrenado. Unos saltitos, unas carreritas con zancadas raras y se acabó: la sensación de un día perdido, un día sin correr.  

Las series, en cambio, las hacemos sin plantearnos nada porque llegamos agotados a casa, empapados en sudor y satisfechos por haber rozado nuestros límites. Las endorfinas nos rebosan por los poros de la piel. Pero, si nos fijamos en un plan de entrenamientos para corredores populares, suele dedicarse únicamente un día a la semana a las series. Una semana haces repeticiones de 400 m. Otra, de 800 m. Habrá días de 1000, otros de 1500, de 2000, de 3000 de 4000 y de 5000. Incluso, poco antes del maratón hacemos 2 x 6000 para determinar nuestro ritmo de carrera. Y, ¿con una vez (dos, a lo más) que hacemos cada tipo de repeticiones es suficiente para obtener los beneficios de ese tipo de entrenamiento? Pienso que es más beneficioso seguir las indicaciones de Rodrigo Gavela cuando dice que lo más importante para un maratón es estar en buena forma física, llegar descansado a la salida y no equivocarse en el ritmo.

Sigo preocupado por mi rodilla. He leído que puede deberse a un problema de lumbares y me he decidido a comprar un libro al que hace tiempo le había echado el ojo. Se trata de «Quiero ser membrillo», de Alba Cons. El lunes empecé a seguir el plan de ejercicios. Son ejercicios muy sencillos, lleva poco tiempo hacerlos, están explicados con términos inteligibles (lo del «rabito óseo» me tiene fascinado) y están perfectamente temporalizados. He convencido a mi chica para que los haga conmigo y así será más fácil seguir el programa hasta el final.


Tanto si lo del membrillo me ayuda con la rodilla como si no lo hace y me queda cara de ídem, a mi espalda le va a sentar bien un poco de ejercicio específico y retrasar la evolución a Homo Oficinalensis. 

viernes, 17 de junio de 2011

Sobrepeso

Me he concienciado de que tengo sobrepeso. Hace algo más de dos semanas, mis rodillas comenzaron a darme la lata, sobre todo la izquierda. Me daba miedo salir a correr y que la cosa fuera a peor aunque, por otro lado, comenzaron a dolerme cuando llevaba quince días sin correr por lo que no era debido a una lesión deportiva. 

Analicé la situación y descubrí que el mayor problema estaba en una mala postura en el trabajo. Resuelto ese punto (cambié la postura, no es que haya dejado el trabajo), continué con el análisis de causas. Un día, medio acongojado u otra palabra que suena parecido, salí a trotar y me sentó bien. «Eso es bueno», pensé. Seguí analizando la situación. Sopesé la artritis pero no me cuadraban los síntomas. (Sí, ¿qué pasa?. Que uno ya tiene una edaaaad y piensa en todo) ¿Condromalacia rotuliana? Va a ser que no. Llamé a House y me dijo que tendría que hacerme una punción lumbar, y un TAC pero que probablemente sería lupus. Descarté a House. Como tampoco me dolía en la zona del menisco, descarté al susodicho. Vamos, que después de mucho pensar, me quedé como estaba, sin saber qué tenía. 

Aunque no pude identificar el problema, conocía su efecto (dolor en la rodilla), por lo que me puse a buscar la causa. Apliqué la navaja de Occam y casi me corto un dedo. ¿Lo más sencillo es lo más plausible? Pensé entonces en los dos factores que podrían haber desencadenado el problema. Que los músculos fueran perdiendo masa, era el primero. El segundo, que tenía sobrepeso. Bueno, pues vamos a solucionar los dos a la vez. Claro que quizá haya sido un análisis un poco arbitrario porque, ¿cuál es la solución común a ambos problemas? ¡Correr largas distancias a ritmo aeróbico! 

Como diría mi amigo Antonio: «¡Moooola!»

En el día de hoy peso 90 kilos y, para mi estatura, el índice de masa corporal es de 28,4. Hasta 30 no es obesidad pero lo recomendable es mantenerse entre 20 y 25. Claro que el principal motivo que me concienció de que debía bajar unos kilos fue esta imagen:




¿Lo has leido bien? ¿El último punto de la columna de la derecha? Sí, ese, el que dice: «Diminishing Sex Drive» ¡Disminución del deseo sexual! ¡¡¡Hay que bajar peso ya!!! 

No se trata de mejorar para correr mejor. Se trata de sentirme bien y de poder seguir corriendo muchos años. ¡Y de que no diminisha el sex drive ese!

Salud, kilómetros y ... sex drive ;-D

miércoles, 15 de junio de 2011

Efecto Trinquete

Hace poco leí que la inteligencia humana evoluciona y avanza gracias al denominado «efecto trinquete». Consiste en que lo que aprendemos nos sirve de base para adquirir nuevos conocimientos y que, aunque olvidemos cosas, después es mucho más fácil volverlas a aprender. 

Nuestra forma física también evoluciona mediante el mismo mecanismo. Podemos perder musculatura, resistencia física, «fuelle» pero, cuando volvemos a arrancar, no partimos de cero. Nuestras piernas saben cómo correr y nuestro cerebro nos dice cómo hacerlo, cómo regular, cómo progresar. Nuestro corazón y nuestros músculos no han perdido del todo la hipertrofia y las debilitadas fibras musculares son las mismas que resistieron los duros entrenamientos de hace unos meses. 


Puede ocurrir que nuestra memoria nos juegue una mala pasada y que el cuerpo nos pida más «caña» de lo que podemos/debemos tras un largo periodo en el dique seco. Pero las sensaciones nos ponen en nuestro lugar: las agujetas del primer día, el pecho que no «tira», el corazón que se desboca. En un par de días ya nos hemos regulado y volvemos a sentirnos corredores. Quizá con un poco de nostalgia de tiempos mejores pero con el conocimiento de qué debemos hacer para recuperar nuestro nivel. 

lunes, 13 de junio de 2011

Como decíamos ayer...

Hace buen tiempo para salir a correr. Todavía no ha llegado el calor del verano y en la calle hace una temperatura muy agradable, sobre todo por el norte de Galicia. Cuatro semanas de parada y hoy retomo los ¿entrenos?... Más bien cuatro semanas parado y hoy retomo los ¡trotes cochineros! Seis kilómetros de trote sin reloj ni gadgets. Un tipiño gordito trotando en medio de una marabunta de personas en plena operación bikini. Ahora sí que se cumple eso de «nunca correrás solo». Atrás han quedado los días de invierno, las noches frías y lluviosas, la soledad del corredor de fondo. Ahora es todo bullicio e ir esquivando gente. Tengo por delante dos meses de trotes veraniegos antes de ponerme con un plan de entrenos formal, allá por mediados de agosto.

Mi rodilla va mejor. Estuve quince días con dolor pero parece que lo único que necesitaba era darle un poco de movimiento. Me sentía desconcertado. No hacía ejercicio que la pudiera forzar y la rodilla, cada día, me dolía más. Al final «caí de la burra». Era un problema de ergonomía, una mala postura en el trabajo que hacía que forzara la rodilla. Cuanto más se debilitaban los músculos de la articulación, más me dolía. Evité la postura y parece que va mejor. No me atrevía a salir a correr por el temor a que la rodilla me dejara tirado. Hoy salí a correr. Ningún problema.

Creo que no voy a ir a ninguna carrera hasta el mes de agosto. Vamos a disfrutar de los trotecillos veraniegos que, para entrenar, prefiero la lluvia y días más frescos.

martes, 26 de abril de 2011

Maratón de Madrid 2011: Nuevas sensaciones

Fue mi cuarto maratón pero para algunas cosas fue mi primera vez.

Fue la primera vez que entro en meta con mi hijo al lado, con sus diez añitos recién cumplidos. Él, mi hija y mi mujer me fueron animando a lo largo del recorrido. Primero en la salida, después en Callao y, finalmente, en la Puerta de Alcalá. Allí fue donde se puso a mi lado, poco antes del km 41 y corrió conmigo hasta la línea de meta. Me hizo mucha ilusión.

También fue la primera vez que entro en meta al sprint. El pobre chaval casi no podía seguirme. Le di la mano y entramos juntos a 3'50"/km. Después de haber estado corriendo durante casi 4 horas y cuarto, no me podía creer que las piernas me respondieran así.


Por primera vez terminé un maratón sin agujetas. Estaba cansado, claro, pero no tenía la sensación de agotamiento que había sentido en las otras tres ocasiones.

Nunca antes había llegado a la meta sin hambre ni sed. Cogí un Powerade en la línea de llegada, bebí un trago y lo dejé. Pasé de las colas del avituallamiento post carrera. No tenía sed. No tenia hambre. Había bebido 200 ml de agua cada 5 km y había tomado un gel en los kilómetros 10, 20 y 30. El desayuno, a las 6 de la mañana, había consistido en 4 galletas Chiquilín, un trago de zumo de naranja y otro de Powerade.

También los entrenos habían sido distintos a los de otros años. El rodaje más largo fue de 27 km (incumpliendo lo que me indicaba el plan). Los otros no llegaron a 24 km. Hubo series, largas y cortas, pero no rodajes de más de 2 horas. Aunque no las tenía todas conmigo, el plan funcionó.

Los últimos kilómetros fueron más lentos que los primeros pero no agónicos. Y fueron más rápidos que en años anteriores. En el kilómetro 35 valoré si valdría la pena subir el ritmo pero me di cuenta de que podría ganar solamente un par de minutos y que podría perder más de 10 si la cosa no salía bien. El muro no apareció y disfruté de cada uno de los kilómetros del maratón.

La verdad es que todo salió bien. En la feria del corredor me había encontrado con Miguel Ojordo. Me alegré mucho de verlo. El día de la carrera, en el viaje en metro desde el hotel a la salida, estuve charlando con un corredor catalán que me contó que era un incondicional de Saucony y que había aprovechado la logística de su negocio para contactar con la empresa y colaborar con ellos en traer la marca a España. Al llegar al Banco de España, me encontré con Banderas, Rubenigui, Jecarqui, Govi y otros más, con los que me hice unas fotos. Nos deseamos suerte y nos separamos. Fui hasta la salida con Banderas. Quedamos a casi 5 minutos del arco de salida. Rodamos juntos un par de kilómetros y cada uno continuó para hacer SU maratón. Al igual que en otros años, había gente disfrazada: un hombre con traje de novia, otro vestido de tigre, otro de indio, ... Dos corredores llevaban a la espalda un muro de poliexpán con una frase alusiva a que íbamos a poder con él. Un chico llevaba escrito en la camiseta "Hace 18 semanas esto parecía una buena idea". Me hizo gracia. El ambiente era muy festivo, como siempre, aunque me pareció que había menos charangas que otros años. No podía faltar la música de Carros de Fuego, que en esta ocasión fue por partida doble. Este año no pasamos por delante de la catedral de la Almudena debido a la procesión del domingo de Ramos. Nos metieron por debajo, por un túnel, donde muchos aprovechamos para desaguar.

Tras cruzar el arco de La Media, al entrar en el Parque del Oeste, me fijé en una corredora de cabello cano que llevaba una camiseta donde ponía que corría por McMillan, en favor de la lucha contra el cáncer. Fui haciendo la goma con ella hasta el km 38. Allí empecé a oír voces animando a una tal Linda, y diciendo "Go, Linda, Go!". Así supe el nombre aquella mujer y que era conocida por aquellos andurriales capitalinos. Por desgracia, los ánimos le hicieron subir un pelín el ritmo y, al poco, se quedó atrás. Otra curiosidad que recuerdo fue un grupo bastante numeroso de la Bripac que salimos a la misma altura. Empezaron con mucha coña, casi con chulería, pero los últimos km lo pasaron fatal. Recuerdo especialmente a un chaval que adelanté en el km 39. Me dio pena. Iba destrozado, con la cara desencajada. Le di ánimos y le insistí en que sólo quedaban 3 km.

El resto ya lo he contado. La ilusión de ver a mi familia animando, la alegría de que mi hijo me acompañara y la satisfacción de llegar tan entero a la meta. Objetivo cumplido. Ya habrá otras ocasiones para mejorar marca. O no.